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domingo, 29 de abril de 2012

La fatiga cerebral.


Nota preliminar: El presente es un Artículo sacado de La medicina científica en la fisiología y en la experimentación clásica., consultada en el fondo reservado de la hemeroteca nacional de México y traído a ustedes para el estudio y divulgación de temas relacionados con la historia de la medicina.


La fatiga cerebral.

El agotamiento cerebral es frecuentísimo en los hombres de negocios y en los políticos; y prueba hay de ello en el curioso libro de Andrés Verga, Balance de la locura en Italia.
En el censo de alienados de 1874 a 1888, encontró el eminente profesor que los israelitas eran quienes pagaban mayor tributo (más de 3 por ciento).
Lo mismo acontece en todos los estados de Europa, lo cual se debe atribuir, según Verga, a la solicitud febril con que la fuerte e inteligente raza semítica se cuida de los intereses.
Los políticos americanos superan con mucho a los políticos de Europa. En la capital de Colombia, la proporción es de 5.20 por 1,000.
El estado de Vermont (Norte América) ocupa el escalón inmediato: 3 por 1,000.
Piner, el fundador de la psiquiatría moderna, demostró ya a fines del siglo pasado, que las revoluciones políticas perturban hondamente el sistema nervioso de una nación y hacen aumentar el número de locos. En la última guerra civil de América se tuvo una grande y triste confirmación de este hecho, y se publicaron a este propósito informes importantes. Entre otros, merece ser recordado el del profesor Stokes, que contiene documentos psicológicos curiosísimos.
La esclerosis del cerebro se produce frecuentemente a seguida de emociones continuadas y del trabajo intelectual excesivo. Como hay una parálisis de la médula espinal que se observa después de las marchas forzadas, así hay también una parálisis dl sistema nervioso que se produce por el recargo del cerebro.
Los políticos, salvo pocas excepciones, se consumen y envejecen pronto.
El epistolario de Cavour está lleno de recuerdos de noches en vela y del gran consumo del cuerpo y de la inteligencia que le costaron las luchas políticas. Apenas fue aprobada la ley que abolía las corporaciones religiosas (por citar un ejemplo) escribió al Sr. De la Rive, a Ginebra, desde Leri (1885): “Aprés une lutte acharvée, lutte soutenue dans le Parlement, dans les salons, la Cour, comme dans la rue, et rendue plus a pénible par une foule d’evénements douloureux je me suis snti a bout des forces intellectulles et j’al eté contraint de venir chercher a me retremper par quelques jours de repos”.
En las cartas de Camilo Cavour hay una expresión feliz empleada algunas veces para indicar un concepto fisiológico, la necesidad de descansar después de un trabajo cerebral excesivo. Dice que es necesario dejar el cerebro de barbecho, como se deja un campo, reposando sin cultivo para sembrarlo al año siguiente.
He interpelado a algunos de mis amigos que formaron parte del Gobierno. Uno de ellos me escribe que para él la peor fatiga es dar audiencia. Cuando por la noche, cansado del trabajo de todo el día debía recibir muchas visitas y esforzar la mente la memoria en las cosas más desacordes, experimentaba un tormento insoportable.
Para ser más exacto, traslado un fragmento de su carta:
“En pocos meses mis cabellos, de negros se habían vuelto blancos. He sentido frecuentemente el verdadero dolor de cabeza, pero de tal género, que no se confundiría con las neuralgias, de las que sufro también algunas veces. Era un dolor sordo, constante, una pesadez dolorosa, que yo atribuía a un verdadero y propio cansancio cerebral. El hecho culminante era el insomnio o el sueño agitado y lamentable tanto que mi mujer me ha despertado muchas veces, creyendo que me sentía malo.
El estómago débil, con absoluta falta de apetito; la potencia viril anulada.”
A otro amigo mío, que fue hace algunos años Ministro, le pedí noticias sobre las condiciones de su organismo durante una campaña vivísima y larga que debió sostener en el Parlamento para defender un proyecto de ley suyo.
He aquí lo que me contestó:
“Mi carácter moral se había cambiado mucho, sufría una excitación nerviosa extraordinaria. De mi acostumbrada bondad afectuosa en mi familia, me había cambiado en taciturno irritabilísimo, y habría quizá llegado a un estado morboso más serio, si los amigos, a ruegos vivísimos de mi familia no me hubiesen obligado a alejarme de los negocios y a irme al campo.
La nutrición había decaído, no la energía de las fuerzas musculares; pero, al llegar la noche, me parecía que ya no podía moverme de la silla. Sufría mucho de la vista y tenía sacudidas nerviosas imprevistas”.
Estas noticias son tanto más importantes para conocer los efectos de un trabajo oprimente y continuo, cuanto que se trata aquí de un hombre de una gran capacidad, dotado de una fibra enérgica que obtuvo el poder en la flor de su edad y cuando ya estaba templando en las luchas parlamentarias.
Para recoger otros datos sobre las ruinas el cerebro, me he dirigido a la bondad de algunos colegas que tienen práctica de estos enfermos.
Las enfermedades del corazón y los estados de neurastenia se empeoran rápidamente en los diputados que tomen parte en las agitaciones de la cámara. Refiero algunas de las historias clínicas de hombres políticos como me fueron transmitidas por mis amigos.
Un diputado activísimo sucumbe de vez en cuando a la fatiga intelectual, y tiene que acudir al médico. Los primeros fenómenos de la ruina del cerebro son insomnio y el dolor de cabeza; pero esto no basta para detenerlo en el ardor de sus ocupaciones políticas. Se apercibe estar agotado solamente cuando, al final de una sesión de la Cámara, no se acuerda ya de lo que se dijo al principio, y entonces se asusta y se enerva porque se encuentra fuera de combate. El sueño le alivia poco porque sueña constantemente con las discusiones de las Cámaras, los negocios de las oficinas y de las Comisiones. Este es uno de los síntomas más graves del estropeamiento intelectual.
Cuando uno de noche está perseguido en sueños por las preocupaciones del día, y por la mañana comprende que no ha descansado bastante, no hay necesidad de consultar con el médico; debe distraerse; de lo contrario, seguirán mayores perjuicios.
Otro diputado, después de haberse fatigado excesivamente en la Cámara, encontrándose en una comida oficial donde debía haber hablado, fue presa de palpitaciones, no pudo hacer su discurso y tuvo que limitarse a un brindis de pocas palabras.
Desde aquél día las palpitaciones se repetían con accesos más frecuentes, le daban náuseas y se veía obligado a trabajar en su despacho. Padecía de insomnios y de un temblor notable de las piernas y de las manos, que concluía en accesos, especialmente cuando se encontraba en público. A veces haciendo un discurso, le ocurrió tener que sentarse porque el temblor de las piernas le molestaba demasiado. El más pequeño desorden dietético era seguido de una diarrea que duraba tres o cuatro días.
Todos estos fenómenos son tanto más característicos, cuanto que se trata de una persona de una buena constitución, sin precedentes hereditarios, que gozaba siempre de buena salud antes de entrar en la vida política. Se lamentaba con el médico de haberse hecho irritable; y para él, que había sido siempre un carácter bueno y pacífico, cada arrebato de ira le humillaba, y debía distraerse y lamentarse.
En los pupitres de la Cámara no podía escribir si no tenía al lado alguno que le sugestionase.
No teniendo valor para interrumpir sus graves ocupaciones y darse por enfermo, su estado se fue agravando hasta que él mismo advirtió el cambio aún en sus discursos de la Cámara. La lengua se le había hecho más rápida, y al hablar, le sucedía que soltaba sílabas y palabras sin darse cuenta de ello. Le parecía estar menos seguro de su memoria, porque los pensamientos se agolpaban a la mente, e inmediatamente desaparecían, y esto era el mayor tormento para él, que teniendo la fantasía excitada y una gran profusión de palabras y de imágenes, se expresaba mal y confusamente, y de cuando en cuando precipitaba de tal manera el discurso que sin poder decir que fuese en él un defecto, se comprendía, por la pronunciación y por la inseguridad de la palabra que no estaba en su estado normal. El peso del cuerpo disminuyó n poco tiempo 15 kilogramos, y por la noche sufría de ensueños y de sudores profusos. Bastó un mes de reposo y de cura para que desapareciesen todos estos síntomas y mejorasen las condiciones generales de la nutrición.

                                                                                                    [De Mosso]

De Mosso, “La fatiga cerebral” en La medicina científica en la fisiología y en la experimentación clínica, México, Imprenta del gobierno federal, Tomo VI, Entrega 21, 1893, p.334-336.               



sábado, 28 de abril de 2012

El crimen y la locura.


Nota preliminar: El presente es un Artículo sacado de La medicina científica en la fisiología y en la experimentación clásica., consultada en el fondo reservado de la hemeroteca nacional de México y traído a ustedes para el estudio y divulgación de temas relacionados con la historia de la medicina.


El crimen y la locura.
Gran atención ha venido despertando en estos últimos años la nueva ciencia generalmente conocida con el nombre de “Antropología Criminal”. Los alienistas del continente europeo son los que más han trabajado acerca de este particular, muy especialmente los italianos, entre los cuales el Dr. Lombroso es uno de los más prominentes, siendo los escritos de Mr. Havelock los que más interés han dado al asunto en Inglaterra.
Las principales conclusiones de la escuela italiana son: Que el criminal procede de un ser que por una combinación de particularidades físicas y mentales pertenece á un tipo distinto, que es un loco moral, y por tanto, que no debe ser castigado como responsable de sus actos, sino considerado y tratado como un enfermo.
Estas teorías han encontrado violenta oposición de parte de algunas autoridades científicas alemanas, entre otras Kirn y Lutz, y es muy probable que no hallen en la Gran Bretaña muchos que estén dispuestos á aceptarlas en su totalidad, porque, como dice Morrison en su obra “El crimen y sus causas”, no se ha probado todavía que los criminales ofrezcan una conformación física distinta, ni puede establecerse que dicho estado intelectual sea debido á locura, aunque, preciso es decirlo, las clases criminales consideradas en su generalidad, ofrecen una organización mental muy poco desarrollada.
A nadie que tenga conocimiento de lo que es la vida en las prisiones y de las interioridades de estos establecimientos, puede llamarle la atención el hecho de que en ellos se observa un descenso gradual en la escala de la inteligencia, desde el criminal por accidente cuyo delito ha sido producto de una imprudencia, hasta el criminal loco, víctima de una verdadera afección mental. De aquí que, intelectualmente juzgando á esto seres por su capacidad, puedan dividirse muy bien en cuatro grupos:
1.    El criminal por accidente, que se encuentra completamente en posesión de sus intenciones y de sus actos.
2.    El que procede de un criminal por hábito, cuya inteligencia está sana, pero cuyo sentido moral está más o menos pervertido.
3.    El criminal por esencia ó por naturaleza, que en mayor o menor grado posee una inteligencia y un sentido moral débiles.
4.    El criminal loco.
Claro que estos diversos grupos no tienen límites perfectamente definidos, antes al contrario, se eslabonan y confunden los unos con los otros. Enlazando al criminal por accidente con el criminal por hábito, resulta criminal per se. Respecto á este, la honradez y la virtud serán seguramente para él  una mera cuestión de cálculo ó de negocio, tendrá siempre tendencias á obtener ventajas y alcanzar utilidades considerables de su conducta, é incesantemente estará dispuesto á condena tras condena impuestas por la justicia, las que estimará lo bastante compensadas por los periodos de libertad licenciosa de que haya gozado. Este es el criminal por elección.
En cuanto al criminal de nacimiento, la cuestión varía mucho. También en él las facultades intelectuales están habitualmente en estado normal; pero con frecuencia ofrece cierto estado de perversión del sentido moral, al que puede aplicarse el calificativo de oblicuidad moral. Uno de estos individuos dijo, acabado de salir de una prisión y de sufrir una condena, que muy probablemente volvería á la cárcel antes de que transcurriera mucho tiempo, porque no podrá resistir á la tentación de robar. Usando sus propias frases decía: “No puedo evitarlo, señor, es una manía que tengo sobre mí”. Ahora bien, este hombre era un comerciante hábil y listo que habría podido muy bien vivir honradamente del producto de su trabajo. La palabra “manía” empleada por el convicto si bien expresiva, es demasiado fuerte para aplicarla á su condición, porque implica la idea de enfermedad; pero, el impulso irresistible “sobre él” no era debido á enfermedad, sino al desarrollo gradual de la perversión del sentido moral. En algunos casos ésta oblicuidad moral es latente, hereditaria, y adquiere más y más intensidad por la educación, por la costumbre, por los medios circundantes. Esas personas ingresan en la carrera del crimen siendo aún muy jóvenes, y se perseveran en ella animados y envalentonados por la aprobación de los de más edad y estimulados por los aplausos de sus camaradas.
No estamos todavía lo suficiente adelantados en la ciencia para poder decir del criminal por hábito que es moralmente loco, y por ende irresponsable. Cada hombre despliega una aptitud especial para esta ó la otra ocupación, para tal o cual ejercicio. A veces este desarrollo ó propensión intelectual existe en alto grado, y el individuo que llega á alcanzar un elevado nivel intelectual, á desarrollar en un ramo de la ciencia, del arte ó de la industria en vez de descender á la escala más baja de la inteligencia, le llamamos genio, y reconocemos en él un don de la naturaleza el resultado de una grande e innata potencia cerebral. Lo mismo acontece en el criminal por nacimiento, que despliega una aptitud, un verdadero genio en ocasiones para el crimen; mas el genio de esta clase no es demencia, y por consiguiente el individuo debe tener responsabilidad por obrar mal. El robo y la ganancia son sus móviles, y todos sus actos y sus operaciones todas, en este sentido, obedecen á un plan y á un método que difieren mucho del poco ó ningún plan ó método que observan los criminales débiles de inteligencia. En estos últimos, el efecto mental afecta la forma de debilidad moral é intelectual, reconociendo como causas predisponentes para este estado una degeneración hereditaria, defectos congénitos, lesiones materiales n la cabeza ó enfermedades nerviosas, tales como la epilepsia y otras análogas. En semejantes condiciones estamos más próximos al verdadero loco y a cuestión de responsabilidad se hace más difícil de resolver. Es indudable que existe hasta cierto punto un estado morboso que afecta la forma de defecto intelectual más o menos grave, según los casos, y entonces el asunto discutible se reduce a averiguar hasta donde son excusables los daños causados por éstos individuos á consecuencia de ese mismo estado en que se encuentran. Por la simple aserción del conocimiento del bien y del mal no pueden ser considerados como irresponsables, y tampoco pueden negarse que en repetidas ocasiones sus crímenes son el resultado, indirecto á lo menos, del defecto mental bajo cuya influencia se hallan.
Estos criminales de nacimiento son generalmente malos presos, pues, como ellos mismos dicen, con frecuencia están “alborotados”. Son extremadamente crédulos y muy dados á no observar las prácticas establecidas en las prisiones y á fingirse enfermos para evadirse del cumplimiento de sus obligaciones. Esta ficción la ponen en juego valiéndose de tres diversos procedimientos: ora simulando una enfermedad ú ocasionándosela ellos mismos; ora exponiendo síntomas que en realidad no existen, ora, finalmente, pretendiendo continuar enfermos después de haberse curado de la afección que realmente padecían. Entre los de inteligencia débil, la forma de qué más comúnmente se valen para engañar es la de causarse ellos mismos lesiones verdaderas, porque carecen de iniciativa y son incapaces de llevar á cabo la simulación continuada de un padecimiento, habiendo habido algunos que, dotados de poca energía y estimulados é inducidos por sus compañeros de prisión, se han sacrificado un miembro ó parte de él en un momento de arrebato.

JHON BAKER,
M.D., de la cárcel de Playmouth, The Journal of
                                                                           Mental Science.        

Jhon Baker, “El crimen y la locura” en La medicina científica en la fisiología y en la experimentación clínica, México, Imprenta del gobierno federal, Tomo VI, Entrega 13ª, 1893, p.204-205.                 

viernes, 30 de marzo de 2012

La Carne y el cerebro.

Nota preliminar: El presente es un texto que transcribo tal cual, extraído de el fondo reservado de la hemeroteca nacional de México; y el cual me ha parecido muy interesante en tema concerniente a la locura, por si hay alguien por ahí que le gusten estos temas tanto como a mí.

   Ya han pasado 91 años desde que Bonald, el eminente filósofo francés, pronunció su célebre frase: “El hombre es una inteligencia traicionada por un organismo”. Qué lejos debió estar ese pensador de que algún atrevido “fin de siglo” no solo hallara inadecuada su observación, sino que la cambiara absolutamente, hallándola así más propia que en su primitivo estado!
Según éste, la verdadera frase que definiera el hombre, debía ser: “El hombre es un organismo traicionado por una inteligencia”.
Y en este tiempo de la historia y de las enfermedades mentales, la frase, en su segundo estado es, sin duda alguna, menos exagerada que en su significación primitiva.
Las enfermedades que arrasaron la época de Bonald, eran dolencias enteramente animales que afectaban puramente el ser orgánico, y quizás bajo la impresión de un pueblo exterminado por una peste, concibió el filósofo la frase que hemos citado, profundamente espiritualista y en donde se manifiesta hacia la carne el mismo sentimiento de abominación que ponía los cilicios y las disciplinas en manos de los penitentes medio evales.
¡Maldición a la carne! ¡gloria al espíritu! Gritaban aquellos fanáticos, sin comprender que ellos mismos eran víctimas de su espíritu, probablemente enfermo de anemia religiosa.
Hoy es muy distinto: los mismos artistas opinan que el desarrollo orgánico es favorable á la bondad de las funciones cerebrales. Los Goncourt creen que la hora más adecuada para la producción literaria, es la de después de comer “El estómago lleno -dicen esos autores- parece exhalar el pensamiento como esas plantas que sudan instantáneamente por sus hojas el agua con que se ha rociado la tierra sedienta”.
Por otra parte, Zola, el gran novelador francés, ha hecho de la gimnasia una verdadera odisea, y lamenta no tener un trapecio “para endurecer sus miembros y aclarar su inteligencia”.
Mens sana in corpore sano, esa Antigua inscripción de las generaciones romanas, percibida por la evidencia de aquella época, se dividió luego entrando en un período de catalepsia de que hasta hoy resucita.
En esta época, la peste es la neurosis. La historia hace más víctimas que el viajero del Ganges.
Ya nadie cree que el loco ha de ser aquella furia del manicomio, sujeto por la camisa de fuerza, echando espumarajos por los labios y con los ojos fuera de las órbitas. En el siniestro continente de la locura viven muchos seres que á primera vista gozan de todas sus facultades, pues las fronteras que limitan ese continente son vagas, indecisas, imposibles de precisar.
El loco es el alcohólico, el artista, el desequilibrado, el religioso. Los matices varían y hay una infinidad comprendida entre el gris blanco y el negro azul.
Hoy la inteligencia es el verdugo. El cerebro es despótico; es una autócrata que ha deprimido el organismo y ha ultrajado el fuero fisiológico, hollando las facultades animales, la verdadera democracia.
Todo es cerebral en nuestra vida. El amor, como dice Paul Bourget, ha sufrido una modificación espantosa. “Fue sublimado por Cristo, y hoy no es otra cosa que un duelo entre dos depravaciones”.
Goncourt dice: “Ya no sabemos de una manera bestial y simple ser dichosos con una mujer. Ella es para los hombres de esta época el nido y el altar de toda clase de sensaciones dolorosas, agudas, conmovedoras, delirantes. Ella y por ella queremos sacrificar lo desenfrenado é insaciable que yace en nosotros”.
Y en todo esto puede verse el siniestro papel que el cerebro juega, y en presencia de esa lucha entre la inteligencia y la animalidad, se nota desde luego quién es la vencida, quién es la ultrajada.
No hay mas que ver uno de estos catálogos de la locura en que están clasificados todos los tipos de la degeneración mental, los obcecados, los impulsivos, los excéntricos, los perseguidores, los místicos, los pervertidos, los sexuales, en que cada tipo es el comandante de cada legión innumerable de agregados, de neutros, que no tienen en el espíritu el equilibrio suficiente, pero que no distan mucho de tener como los demás el carácter indispensable para incorporarse y formar parte de esos ejércitos.
Quizás hay algo que agradecerle á esas enfermedades mentales, pues según Moreau (de Tours), las disposiciones que hacen que un hombre se distinga de los demás por la originalidad de sus pensamientos y de sus concepciones, por su excentricidad ó por la energía de sus facultades afectivas, ó por la trascendencia de sus facultades intelectuales, toman su origen en las mismas condiciones orgánicas que los diversos trastornos morales, de los cuales la locura y el idiotismo son la expresión más completa, observación que resume el  Nollum magnum ingenium sine dementia de Aristótees.
Sin embargo, el daño es innumerable y corto el beneficio. Tropnan tiene más secuaces que Víctor Hugo, y en México tenemos manicomios y cárceles sin que haya ninguna Sorbona.

Anónimo, "La carne y el cerebro" en La medicina científica en la fisiología y en la experimentación clínica, Director y editor: Dr. Fernando Malanco, México, Imprenta del gobierno federal, Tomo VII, entrega 5º, Marzo 1º de 1894, p.83-84.

miércoles, 1 de junio de 2011

Del Hospital de San Hipólito y la Concepción de Locura.

Del Hospital de San Hipólito y la Concepción de Locura.
Por: Germán Camacho J.
Antecedentes.

A lo largo de la historia del ser humano se han suscitado episodios relacionados con las afecciones mentales; indagar sobre el impacto que tuvo en las distintas sociedades la aparición de este fenómeno, así como, su paulatina asimilación en el núcleo del pensamiento médico resulta el principal objetivo del presente trabajo.

Partamos de la relativamente antigua concepción de lo que hoy en día se conoce como locura. En el primitivo pensamiento de ciertas sociedades, ligadas todavía a un patrón estrictamente religioso, la locura, era llamada “melancolía”. Lejos de referir verdaderamente a un padecimiento cerebral, la “melancolía” estaba encaminada a explicar varias etapas depresivas comunes en el individuo. Por otro lado, si esos supuestos lapsos de depresión derivaban en actitudes violentas acompañadas de manoteos, espasmos o desmayos, tal cual sucede en un enfermo epiléptico; entonces, eran vistos como poseídos por algún espíritu maligno o el propio demonio: “[...] en el siglo XV en España por la colonización árabe, la concepción de las enfermedades mentales cambia. Surgen ideas religiosas que impulsan a la caridad humana y a la salvación de las almas [...]”1

Gracias a la intervención de los árabes muchos manuscritos fueron rescatados, en ellos, importante información sobre distintos tipos de enfermedades comenzó a difundirse, provocando así, una valoración mucho más apegada al entorno científico. Asimismo, en el ámbito religioso, el sentimiento de caridad abrazó tanto a las personas en extrema pobreza como aquellas identificadas con cualquier tipo de enfermedad. En otras palabras:

Su virtud crecía al correr el tiempo y su amor al prójimo se volvía insaciable. Hería especialmente su corazón la situación en que se encontraban los viejos, los locos y convalecientes pobres, personas todas que no podían valerse por sí mismas. No había un asilo de ancianos, y los que lo eran tenían que vivir de la limosna. La situación de los locos era aún más dolorosa: los pacíficos deambulaban por las calles, siendo objeto de la humillante compasión, o bien de la burla y la maldad de la gente, y los furiosos eran recluidos en las cárceles públicas y sufrían, sin merecerlo, el castigo de los criminales. Los convalecientes, incapacitados aún para ejercer un trabajo, eran víctimas de la miseria y no pocas veces recaían en sus males, nulificándose la obra hospitalaria.2

De tal modo surge para “los locos” un refugio con cuidados y atención adecuada. Estos lugares adquirieron el aspecto de centros destinados a la protección de personas desvalidas, pobres, huérfanos, desamparados, ancianos, enfermos y peregrinos, quienes fueron recibidos ahí debido al precepto inicial de hospitalidad, el cual, tiempo después, originará la noción de hospital.

En España tal labor obtuvo un gran éxito y aunado al trabajo de las órdenes mendicantes logró esparcirse por casi todo el mundo conocido. La creación de dichos lugares, generalmente situados a un costado de las capillas, pues eran los propios religiosos, específicamente aquellos incluidos en el clero regular, los que atendían tanto a las personas necesitadas como a las enfermas; poseían los conocimientos médicos y prestaban los cuidados adecuados. Mientras que, en las altas esferas de la sociedad, los boticarios y doctores ejercían esta tarea a cambio de ser bien remunerados: “[...]resulta importante mostrar que durante la Colonia y desde el mismo descubrimiento de América, los locos en España eran considerados enfermos, y que existían instituciones especializadas para su reclusión y cuidado, cuyo régimen interno estaba regido por disposiciones médicas.”3

Mediante esto podemos notar que ya existía la concepción de un loco como enfermo y que ya se trataba de mantener ciertos cuidados para su bienestar y el mejoramiento de su calidad de vida.

Detengámonos un poco en el desarrollo de este nuevo tipo de centro caritativo. De esto, nos cuenta Josefina Muriel al señalar que:

La guerra, el hambre, las enfermedades, la pobreza y el desamparo en las peregrinaciones, fueron elementos que se combinaron a través de la Edad Media y presionaron de manera constante y dolorosa el espíritu cristiano de Europa. Como respuesta a tanto dolor se realizó una labor de amplitud gigantesca. La obra hospitalaria preocupó a toda clase de personas, a la Iglesia de una manera oficial a través de su jerarquía y las órdenes monásticas; a los reyes, a los gobernadores de las provincias, a los representantes de los municipios o de los burgos, y a los particulares de todas las clases sociales, de tal modo que bien podríamos llamarla, obra de la cristiandad entera.”4

Si recordamos un poco la historia en el Medioevo, una de las principales órdenes militares de la cristiandad fue la de los Hospitalarios, la cual se dedicaba, entre otras cosas, a ayudar, curar y proteger a todos aquellos visitantes de los antiguos lugares sagrados.

Es ya desde ésta remota época que los lugares para hospedar enfermos, viajeros, militares, frailes, etcétera, comenzaba a tomar forma, dando como resultado hospicios de diversa índole.

Durante el siglo XVI se surgen, como hemos señalado, estos sitios destinados al auxilio de la sociedad; se consolida la propuesta de tener lugares especializados para los enfermos, en particular para aquellos que sufren de sus capacidades mentales, ya que éstos se encontraban en muchos casos deambulando por las calles, alejados y abandonados por sus familias.

Contexto.

Muy pronto, la sociedad novohispana se plagó de órdenes religiosas, quienes apegadas a sus votos y preceptos, requerían llevar a la práctica actos humanitarios y desinteresados entre las personas que conformaban su comunidad.

Dichas órdenes solían tener el respaldo de las autoridades, según hemos apuntado; el respaldo les era concedido por dos principales razones: la primera, gracias a las enfermedades contagiosas tales como la lepra o la peste se aprendió la lección de mantener bajo rigurosos cuidados a los enfermos. La segunda razón se encuentra en la lucha política y esto debido a que una nación fuerte (o en este caso un reino sólido) requería que su sociedad fuera tan sólida como la misma figura del Rey, ya que ésta es un reflejo del Monarca y, para que tal sociedad pudiese tener firmeza, se requería de los mayores cuidados posibles así como las edificaciones comunitarias para aquellos cuidados y mejor control de los siervos.

Debemos tener presente que para los enfermos mentales no existían, como tal, lugares tan especializados en los siglos XVI y XVII. No es sino hasta el siglo XVIII que se les presta mucha mayor atención a estos padecimientos creando así espacios con cierto grado de especialidad para el tratamiento de estos males:

Como era inevitable, el progreso de la medicina en general llevó al manejo médico de la enfermedad mental a progresar, convirtiéndose en una disciplina médica y dejando atrás sus antecedentes filosóficos y religiosos. De hecho fueron los progresos de la medicina en el conocimiento de la esencia de la enfermedad y de sus causas, pero también en los de la salud, los que determinaron que, a la zaga, pero en relación íntima, se llegara a conocer lo que se sabe, de la enfermedad mental, de sus causas, de su tratamiento y de su prevención. Todo ello fue resultado de que los médicos abordaran los problemas de la enfermedad mental y buscaran sus orígenes, conocieran el cerebro y sus funciones y estuvieran en posibilidad de investigarlo en la salud y en la enfermedad, lo que se ha llevado un largo plazo que todavía no se satisface en muchos aspectos, pero que promete
resultados que permitan, como en otras disciplinas médicas, suficiente claridad conceptual y práctica para estar en condiciones de entender la enfermedad mental y su manejo.5

Pareciera fácil decir que el avance de la medicina es un proceso inevitable de la evolución y la curiosidad del ser humano; sin embargo, recordemos que para la época en que el mundo vive inmerso bajo las leyes de la iglesia católica resulta un crimen gravísimo el tratar de indagar acerca del cuerpo humano pues es Dios y sólo él, quien puede tener el conocimiento del cuerpo, así como de todo lo demás.

Es debido a esta limitante de dios, que la medicina se frenaba al tratar de experimentar, ya que únicamente podían actuar como buenos cristianos y dar un tratamiento mediante el cual, con la ayuda de dios, se curase el enfermo.6

Gracias a las ideas renacentistas y la recuperación de los textos clásicos, así como a la curiosidad de algunos, que las ciencias comienzan a avanzar y el conocimiento del cuerpo humano deja de ser una cosa sagrada para convertirse en el modelo de muchas obras artísticas e incluso de tratados completos con relación a este tema.7 De tal manera la observación y el estudio de las enfermedades adquieren poco a poco un nuevo sentido y significado: ya no se espera que Dios haga su voluntad, sino que el hombre actúe para ayudar al hombre.

Durante la segunda mitad del siglo XVI, mientras Francia se encuentra inmersa en las guerras de religión, debido a los enfrentamientos entre protestantes calvinistas y católicos; Felipe II, Rey de España envía a los países bajos al duque de Alba, encabezando un ejército para así tomar control de este territorio8.

En la Nueva España se trata de llevar a cabo un gran proyecto hospitalario; “El Hospital de San Hipólito”, obra llevada a cabo por Fray Bernardino Álvarez, del cual hablaremos a continuación.

Fray Bernardino Álvarez.

Bernardino de Álvarez, nacido en España, fue hijo de Luis Álvarez y Ana de Herrera ambos cristianos viejos y de noble linaje. De su vida se cuenta que participó como soldado y que incluso estuvo presente en la guerra contra los Chichimecas al norte del territorio. Fue capitán de una pandilla y se le involucró en una riña que terminó, incluso en homicidio, por lo cual tuvo que rendir cuentas ante la justicia. Debido a este desafortunado incidente se trasladó a Acapulco para poder escapar y navegar hacia el territorio del Perú.

Así, treinta años más tarde, se convirtió en poseedor de una gran fortuna. De vuelta a la Nueva España, pretendió vivir como un gran señor; su madre, mujer devota y de una fe inconmensurable vestía para este entonces los hábitos de beata y es ella quien lo exhorta a emplear su fortuna al servicio de Dios y del rey.9

Con este objetivo se inicia la aventura de Bernardino de Álvarez, quien sin dejar a un lado las tradiciones católicas de la época y con el apoyo e influencia de la carta enviada por su madre, donde le recordaba las verdades que él como cristiano ya conocía; muy pronto, el rumbo de su vida cambia.

Es así que nace su interés por ayudar al prójimo y ofrece servir a los enfermos en el Hospital de la Limpia Concepción, donde durante diez años se dedica a atender a los enfermos.

Con el tiempo es que decide fundar una institución que diese amparo a todos: a los ancianos, a los limosneros, a los pobres, y especialmente a los locos.

Es de esta manera se levanta, luego de un primer intento, en el tereno adyacente a San Hipólito, el Hospital.

El entusiasmo de Bernerdino de Álvarez, era secundado por Virreyes, Arzobispos, el Ayuntamiento, los Clérigos, el pueblo mismo e incluso los Papas y el Rey.10

Al lugar llegaron los locos, se recibieron los llamados <<inocentes>> o atrasados mentales, sacerdotes decrépitos y ancianos en general, y como en su caridad no podía aceptar limitaciones, Bernardino amplió su obra, recibiendo enfermos de todos los padecimientos, menos leprosos y antoninos. Abrió sus brazos a estudiantes, así como a los maestros pobres, a los que alimentaba y daba trabajo ya que ellos se encontraban en calidad de necesitados.

Aún cuando Bernardino no planeara inicialmente fundar una orden religiosa, la vida de hermandad que llevaba con sus asistentes, le dieron tal idea y así comenzó a crear reglas e incluso pidió la aprobación al Papa Gregorio XIII. Mismo Papa que en esos momentos, estaba peleando contra el protestantismo que aparece en Inglaterra bajo una nueva forma, una nueva religión llamada anglicanismo, para así buscar la expulsión del Catolicismo y con ello el poder Papal en ésos territorios11

El pontífice dió la autorización, pero las bulas no llegaron a despacharse por la muerte del Papa. Se volvió a insistir con su sucesor y se consiguió la aprobación pedida. Es desde instante que la hermandad acude a distintos pontífices para obtener de ellos la ratificación de las aprobaciones y una serie de privilegios de carácter religioso, entre estos se encuentra el Papa Clemente IX quien les concedió los privilegios de que gozaban los juaninos.12

No fue hasta 1700 que Inocencio XII erigió esta hermandad en religión formal y regular, colocándola debajo de la regla de San Agustín y con votos solemnes de castidad, pobreza, obediencia y hospitalidad.

La regla a a la que se sometió la Congregación desde desde sus principios estaba en el ejercicio y práctica tanto del amor a Dios, asi como al prójimo13.

La ahora conocida como órden de los “Hipólitos”, dividió su regla en dos partes:
La primera se refería a la vida interior de los hermanos y en ella se ponía como bases: la obediencia, sin la cual una obra en común no podría realizarse; la pobreza, como medio para evitar la corrupción monástica y como camino para mantener la hermandad, unida en caridad y paz. Finalmente, se prescribía la práctica de una serie de actos y oraciones para mantener vivo el espíritu religioso, sin el cual la obra perdía su sentido.
La segunda parte se refería a la vida exterior de los hermanos, y en ella la parte medular era el voto de hospitalidad14

Como podemos observar, la obra de Bernardino de Álvarez es un pilar para la Nueva España, debido a que es su caridad y la manera de atender a los enfermos, desvalidos e incluso a los pobres que les valió ya para el siglo XVIII el convertirse en la primera órden religiosa mexicana.

Hospital de San Hipólito.

Ahora bien, ya hemos abordado un poco la vida de Bernardino de Álvarez el fundador del Hospital de San Hipólito, e incluso de la órden de los hermanos de la caridad, como ellos mísmos se hacían llamar; pero tratemos de abordar ahora la obra mísma del Hospital de San Hipólito, el cual es el tema principal de éste trabajo.

Dé esta construcción, sabemos que los cimientos se pusieron desde 1602 y que el edificio se concluyó ciento treinta y ocho años después15

En cuanto a la estructura del edificio, la Doctora Muriel, nos hace una muy atinada descripción:
Las enfemerías y oficinas se hallaban distribuidas alrededor de patios o jardines con fuentes. Lo más importante de este edificio fue su funcionalidad, pues fue planeado para servir exclusivamente a enfermos mentales, y esto exigió cambios estructurales que antes no se habían tenido en cuenta en la arquitectura hospitalaria, como lo fueron entre otras cosas la sustitución de enfermerías por cubículos o cuartos privados.
La fachada constaba de una serie de accesorias que el consulado había fabricado para que, rentadas, fuesen un medio de ingresos para el hospital. En esta parte la construcción era de un solo piso16

Respecto a este último punto, es posible incluso hoy en dia, observar que las accesorias todavía tienen esta función; si bien ya no existe el Hospital como tal, el edificio se encuentra en pié y las accesorias son rentadas aún.

Lo que llama la atención del edificio, aparte del hecho de ser pensado para los enfermos mentales, lo cual es muy novedoso para la época y lo convierte en el primer manicomio en forma en la Nueva España; es que se convierte en una de las construcciones en donde para su elaboración, aportan ingresos no solo el consulado, sino los frailes mismos, pagando éstos las habitaciones sobre las accesorias.

Incluso el mismo Felipe II, rey de España mandó ingresos para la red de manicomios que hasta ese momento se estaban creando, dándo vital importancia a este tipo de Hospitales que pronto adquirieron su especialidad en el tratamiento de los enfermos mentales.

Respecto al Tema, Miguel Bernal nos comenta que la Orden de la Caridad del Mártir San Hipolito, había tomado bajo su responsabilidad la atención de los enfermos recluidos en el Hospital del Espíritu Santo en donde se daba auxilio a los “pobres vergonzantes” tanto españoles como indígenas y tal vez en S. Hipólito los indios enfermos estaría en un ambiente más apropiado17

Conclusiones.

Es preciso entender la importancia que representó el Hospital de San Hipólito en la sociedad no solo Novohispana sino también en los alrededores donde por fín se pudo dar asilo a una cantidad mayor de enfermos, viejos e incluso de personas en calidad de pobreza extrema.

Bernardino de Álvarez a quien se le debe el tomar la iniciativa de este proyecto, parece que entendía muy bien las necesidades médicas para éste tipo de personas, o bien, la necesidad social de tener una construcción de éste tipo en Nueva España, ya sea por la vida tan agitada que él mismo llevó, o bien por obra de la persuación de su madre, lo cierto es que la obra como tal repercutió durante tres siglos en la sociedad.

Recordemos pues, que es gracias a éste antecedente de San Hipólito, que durante el siglo XIX se lleva a cabo la construcción de otro pilar en la sociedad mexicana, me refiero al Hospital de La Castañeda, en dónde se imitó ésta labor social e incluso se trató de llegar más allá de un simple asilo o de un manicomio.

Por último, quisiera agregar que es debido a la falta de fuentes encontradas aún en torno al hospital manicomio de san Hipólito, que no podemos llegar más allá de una simple descripción o bien de una idea vaga en torno a cómo se trataba a éstos enfermos mentales, ya que no hay datos que nos muestren una idea clara o desripción respecto al tema.


Hospital de San Hipólito en 1925; Foto tomada del Archivo Casasola (DE: http://www.urbanfreak.net/showthread.php?t=7352&page=75)

Bibliografía.
1.- Bernal Sagahon Miguel, El saber médico acerca de los enfermos mentales en el hospital de San Hipólito de la Ciudad de México, México, UNAM, 2011, p.138
André Corvisier, Historia Moderna, Trad. Fabián García Prieto, España, Labor Universitaria, 4ta Edición, 2a reimpresión, 1991, p.p. 387.

2.- Corvisier André, Historia Moderna, Trad. Fabián García Prieto, España, Labor Universitaria, 4ta Edición, 2a reimpresión, 1991, p.p.448.

3.-Muriel Josefina, Hospitales de la Nueva España, México, UNAM-Cruz Roja Mexicana, Tomo I, 1990, p.p. 358.

4.-Nájera Tovar Laura Míriam, La Salud Mental en México: Su desarrollo en el IMSS y la labor del psicólogo, México, UNAM, 2006, p.p. 320

5.-Viqueira Carmen, “Los hospitales para locos e <<inocentes>> en Hispanoamérica y sus antecedentes españoles” en Revista de Medicina y Ciencias Afines, México, s.E., s.vol., año XXII, núm. 270, p. 1-33, 1995 (DE: [viernes ocho de Abril del 2011 a las 12:30 a.m.] http://revistas.ucm.es/ghi/05566533/articulos/REAA7070110341A.PDF), p.p 383
NOTAS:

1 Laura Miriam Nájera Tovar, La Salud Mental en México: Su desarrollo en el IMSS y la labor del psicólogo, México, UNAM, 2006, p. 20.
2 Josefina Muriel, Hospitales de la Nueva España, México, UNAM-Cruz Roja Mexicana, Tomo I, 1990, p. 202.
3 Carmen Viqueira, “Los hospitales para locos e <<inocentes>> en Hispanoamérica y sus antecedentes españoles” en Revista de Medicina y Ciencias Afines, México, s.E., s.vol., año XXII, núm. 270, p. 1-33, 1995 (DE: [viernes ocho de Abril del 2011 a las 12:30 a.m.] http://revistas.ucm.es/ghi/05566533/articulos/REAA7070110341A.PDF), p. 345
4Muriel, Op. Cit., p.17
5Miguel Bernal Sagahon, El saber médico acerca de los enfermos mentales en el hospital de San Hipólito de la Ciudad de México, México, UNAM, 2011, p.138
6Íbidem, p. 140
7 Un claro ejemplo, lo encontramos en el hombre de Vitruvio de Leonardo da Vinci, realizado en uno de sus diarios al rededor del año de 1487 y en dónde trata de hacer un estudio de las proprciones del cuerpo humano.
8André Corvisier, Historia Moderna, Trad. Fabián García Prieto, España, Labor Universitaria, 4ta Edición, 2a reimpresión, 1991, p.148
9Muriel, Op. Cit., p.201
10Ìbidem, p. 202-203
11Corvisier, Op.Cit., p.159
12Muriel, Op. Cit., p. 203
13Ìbidem. p. 204
14Loc. Cit.
15Ìbidem., p.206
16Loc.Cit.
17Bernal, Op.Cit., p.181